Aprendiendo de nuestro reflejo

A los bebés pequeñitos no les interesa especialmente su imagen en el espejo, pero poco a poco comenzarán a fijarse más en ella, y llegará un momento en el que sonreirán al verse reflejados. Este proceso forma parte del enorme proceso de maduración cerebral que experimentan durante el primer año de vida, en el que interiorizan una increíble cantidad de conocimiento sobre sí mismos y sobre el mundo que les rodea.

Hasta aproximadamente los seis meses de edad su reflejo no les llama la atención, lo observan como si fuese cualquier otro elemento de su entorno. A medida que se acercan a los diez meses experimentan un cambio sustancial. Cuando nos ponemos junto a ellos frente al espejo contribuimos a que vayan comprendiendo que se están observando a sí mismos.

Es más o menos entre los 10 y los 18 meses cuando más gracia les hace descubrirse en el reflejo. Sonríen cuando se dan cuenta de que se saludan a ellos mismos, y cuando tengan ocasión intentarán interactuar acercando su boca y sus manos a su propio reflejo. Este descubrimiento implica una mejora en el procesamiento de información. Pero estar frente al espejo contribuye de forma muy positiva a mejorar sus habilidades motoras, pues conduce a ejercitar la coordinación y el equilibrio, sobre todo si los ponemos en pie con ayuda de una barra. La observación del reflejo está íntimamente ligada a la mejora de la percepción espacial, base fundamental del área matemática que hace posible el progresivo conocimiento de su entorno físico.

La imagen superior ejemplifica este ejercicio, en el que una bebé de Trastes Las Tablas (Madrid), se observa en el espejo apoyada en la barra, con la asistencia de su educadora. Cuando su edad lo permite, la educadora pone por turnos a los alumnos en la barra. Los pequeños ejercitan sus piernas en posición vertical y tratan de estabilizar su cuerpo para observar bien su reflejo. Entra en acción la psicomotricidad gruesa, para mantener la coordinacion y el equilibrio.

El trabajo con el espejo contribuye además a trabajar la consciencia del propio yo, la existencia del bebé como una persona individual, distinta de su madre y de las otras personas con las que comparte sus rutinas diarias.